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¿Para qué comprar un libro de poesía?

diciembre 29, 2016 2 comentarios
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Primera página de mi poemario “Deformación de la noche”, publicado en el libro “Juegos Florales El Salvador 2015”, en diciembre de 2016.

Todos tenemos buenas rachas y malas rachas. A mediados de 2013 estaba pasando por una mala racha económica, de esas que son típicas en los “freelancers”, y tuve que echar mano de todas mis posibilidades. A principios de ese año, la Dirección de Publicaciones e Impresos de El Salvador (DPI) me había publicado mi primer libro de poesía, en solitario, titulado “La grieta”, y, como medida de emergencia, comencé, por mi propia cuenta, una labor de venta del libro a través de las redes sociales, aprovechando un lote que me había entregado la editorial como parte de las regalías. No tenía muchos ejemplares, pero algo era algo.

Las ventas no fueron mal, rápidamente, algunos de mis contactos en Facebook me pidieron reservarles un ejemplar y logré colocar unos 20 ejemplares. En la primera semana pude entregar, a domicilio, 8 libros, y en las siguientes semanas fui entregando el resto, a medida me los iban encargando.

Al final de la semana ya contaba con $80.00, producto de las ventas, tenía que dosificar ese monto pues era lo único en ese momento. Por la tarde del viernes me dirigía en mi vehículo sobre el Bulevar del Ejército, a la altura de MOLSA, cuando un vehículo hizo un giro repentino hacia mi carril y, aunque intenté esquivarlo, lo golpeé en el “bumper” y nos detuvimos para revisar. El conductor me dijo que tenía que reconocerle el golpe, mi carro no tenía nada, me pidió $100.00 y en ningún momento se me ocurrió decirle que él había tenido la culpa, me dejé llevar por aquel dicho de “el que pega paga”. Le abrí la billetera y le dije: sólo tengo ochenta dólares; me dijo que estaba bien, entonces, mientras le entregaba el dinero, y me rodaba una lágrima en la mejilla, le dije: no sabe cómo me ha costado conseguir estos ochenta dólares. Me miró a los ojos, por un momento pensé que no iba a tomar el dinero, pero, obviamente, sí lo tomó.

Cuando retomé la marcha me puse a analizar el golpe y caí en la cuenta de que él había invadido mi carril y empecé a llorar de rabia por no haber visto eso en el momento y quizá haber evitado pagarle, pero era muy tarde.

Este post no es acerca de la poesía que uno escribe, es acerca de la poesía que uno vive en las calles, en el día a día, y de la que, a veces, somos los únicos testigos, sin dejar registro.

La próxima vez que a usted, amigo lector, un poeta le ofrezca venderle su libro de poesía, piénselo dos veces, quizá con eso le esté comprando las comidas del día o quizá le esté ayudando a pagar los golpes que da la vida. La poesía, qué más da.

 

¿Psicosis salvadoreña?

Hace una semana, a esta hora, aún estaba en el aeropuerto “Jorge Chávez”, de Lima, Perú, esperando abordar mi vuelo hacia El Salvador ( Por cierto, en este aeropuerto es imperdible probar las rodajas de pastel de zanahoria, son una delicia). Durante toda la semana había estado en Argentina, 5 días en Termas de Río Hondo, Santiago del Estero, participando como poeta invitado, en un Festival Internacional de Poesía, y otros 3 días en Buenos Aires, aprovechando el viaje.

El caso de lo que he dado en llamar “la psicosis salvadoreña” me pasó en Buenos Aires. Había decidido ir a una función al mismísimo “Teatro Colón“, a las 8 de la noche, estaba hospedado a unas 7 cuadras, y pude caminar tranquilamente hacia el teatro a eso de las 7:30 PM. Por supuesto, antes de entrar, hice las fotos de rigor, tipo turista.

Fachada del Teatro Colón.

Fachada del Teatro Colón.

Ya adentro del teatro, justo antes de entrar a las butacas, una de las acomodadoras me pidió que dejara mi mochila en los casilleros, dijo que me iban a dar un número para reclamar la mochila a la salida, y entré en pánico. En la mochila andaba todo mi equipo fotográfico, y no estaba dispuesto a dejarla en un casillero. Es aquí donde entra en juego la “psicosis salvadoreña”: en El Salvador sería totalmente improbable dejar en un casillero de un almacén, el súper, o donde fuera, mi mochila cargada con equipo fotográfico, por las razones que todos los salvadoreños conocemos. ¿Qué hice?

Cielo del Teatro Colón.

Cielo del Teatro Colón.

Hice el intento de convencer a la acomodadora, pero insistió que no era posible. Me decía que, por ejemplo, habían llegado grandes músicos que habían dejado sus caros y amados violines en el casillero, y que si entendía yo qué significaba para un músico dejar su instrumento (¡por supuesto que lo entiendo!) Luego pasé a explicar mi situación: soy un salvadoreño que no pudo dejar su psicosis por la delincuencia en El Salvador, y que al dejar la mochila en el casillero, aunque yo sabía que iba a estar segura, no iba a disfrutar tranquilamente del espectáculo por estar pensando en la mochila, pero me insistió en que no era posible, por lo que le dije que, en ese caso, prefería abandonar el teatro. En ese momento apareció una señora que parecía ser la jefa de las acomodadoras, me explicó lo mismo, y le expliqué lo mismo.

Detalle de escultura al interior del Teatro.

Detalle de escultura al interior del Teatro.

Para mi suerte, creo que el hecho de estar dispuesto a abandonar el teatro hizo que la jefa se compadeciera de mí, y me dijo que iba a hacer una excepción, y me dejó quedarme con la mochila, pero, me advirtió que no podía hacer fotos del espectáculo, sólo podía hacer fotos del teatro, mientras la función no iniciara, y yo fui muy obediente, y se lo agradecí infinitamente.

Vista desde el último nivel, y última fila, del interior del Teatro Colón.

Vista desde el último nivel, y última fila, del interior del Teatro Colón.

Es triste, pero, es nuestra realidad, y es difícil no cargar con ella adonde quiera que vayamos.

¡Buena luz!

¿Es importante autodenominarse poeta?

De manera personal, honestamente, creo que no es importante. Pero, también puedo decir que no le veo mayor problema al hacerlo en ciertas circunstancias.

Brodsky hablaba de la falsa modestia de los poetas americanos, les decía que si no se consideraban poetas para qué perdían el tiempo escribiendo poemas. (Frank Invita, No. 21, Granada 9).

He escuchado muchas veces decir a escritores que ellos no se consideran poetas, pero, lo repiten tanto que da la impresión de que lo que hacen es esperar que alguien les diga lo contrario, a manera de sentirse aprobados. En estos casos, la crítica de Brodsky se aplica de manera genuina. Considero que es más creíble la humildad, a este respecto, de alguien que en ningún momento se autodenomina poeta, que de aquel que toda la vida se pasa negando serlo. Creo que no se puede, ni se debe, negar lo que uno es, a pesar del derecho que se tiene de hacerlo.

Sin embargo, Brodsky también decía que “si un poeta tiene una obligación respecto a la sociedad, es la de escribir bien. Al formar parte de la minoría, no tiene otra opción”. Con esto se cierra el círculo, es decir, si alguien no cree que es poeta, entonces para qué escribir poemas, pero si se escriben poemas, entonces, ¿por qué no hacerlo bien? A la larga, lo más importante sigue siendo la obra poética, no quien la escribe.

Lo anterior me lleva a pensar en el respeto que se le debe tener a la obra artística en general. Ese respeto que el propio autor debe tenerle a su obra, pasando por tratar de hacerla lo mejor posible, así como por respetar la obra de otros creadores. ¿Cómo es posible que un creador exija respeto del público hacia su obra, si el mismo autor no la respeta, ni tampoco respeta la obra de los demás? Ser poeta y creerse poeta (esto quizá puede extrapolarse a cualquier rama del arte) son cosas muy diferentes, pero cuando se cumplen algunas cuestiones mínimas de sentido común, como por ejemplo, en este caso, escribir bien  y respetar el trabajo propio y el ajeno, ¿qué importa si alguien se autodenomina poeta o no?

Lo que no se vale es esconderse tras esa falsa humildad, de la que habla Brodsky, para escribir mal y, por lo tanto, faltarle el respeto a la obra. Esto me lleva a decir que es razonable considerar que la valoración de una obra artística es relativa, una misma obra puede llegar a ser considerada buena o mala  a la vez, al final, el público tiene la última palabra. El tiempo se encargará de posicionar a la obra y al autor en el verdadero lugar que le corresponde en la historia.

En mi caso personal me he acostumbrado a decir que escribo poesía, como una de mis ocupaciones, pero no niego a diestra y siniestra que soy poeta y cuando me toca decir que lo soy, lo hago sin ninguna vacilación.  Esto puede sonar pretencioso de mi parte, pero, en el fondo, se trata de creer en algo que se hace de manera sistemática y como parte de un proyecto de vida. Si me dan a escoger, prefiero decir que soy poeta, tratando de dar lo mejor de mí al escribir y teniéndole respeto a mi obra y a la de los demás, que gritar una falsa modestia en busca de la aprobación pública.  Como sigue diciendo Brodsky en su crítica a los poetas americanos: “Cualquier médico o cualquier zapatero toma su oficio más en serio que ustedes”.(Frank Invita, No. 21, Granada 9)

Granada, Nicaragua: retrato hablado.

No soy un locutor ni un experto en manejar programas de video, pero dado que tenía el material, un poema y fotografías de la ciudad de Granada, Nicaragua, me puse a jugar un rato y el resultado es este slide show que les comparto.

El borrador del poema lo escribí el 19 de febrero de 2012, por la tarde, durante mi regreso en bus desde Granada hacia El Salvador, después de asistir como poeta invitado al VIII Festival Internacional de Poesía de Granada. A esas alturas, sólo sabía que había tomado alrededor de 600 fotografías. Para mi grata sorpresa, las imágenes literarias del poema se acercan mucho a algunas de las fotografías que logré. Todas las fotografías del slide fueron tomadas en Granada, entre el 12 y el 18 de febrero de 2012. Espero que al menos les guste el poema o, en su defecto, alguna de las fotografías. El nombre del poema es “Granada, Nicaragua: retrato hablado”

La música que utilicé de fondo está bajo licencia Creative Commons. La canción se llama “Sophie´s Song” y es de Lena Selyanina.

Empecé a las 12:30 am y terminé a eso de las 6:30 am de hoy 2 de mayo, desde la grabación del audio, la selección de la fotos, el montaje en “video” , el render y la subida a la web.  Creo que iré a dormir un rato.

Se es poeta, no mago.

“Ustedes son poetas, no magos” nos decía en algunas ocasiones Rafael Menjívar Ochoa, en tono de broma. Pertenecí al “taller literario” de La Casa del Escritor, a la que cariñosamente le llamamos “La Casa”, durante la “era” en la que Menjívar fue director. Escribo “taller literario”, entre comillas, porque le llamábamos así, pero realmente era algo más sencillo que un taller literario y, a la vez, algo más complejo (¿cómo?).

El “taller” era más bien como un lugar en el que nos reuníamos personas que teníamos un interés en común: escribir poesía. No se trataba del típico taller en el que hay un docente que dirige una clase, que explica la teoría y luego pone a los talleristas a hacer prácticas. Nos reuníamos principalmente a platicar, de todo un poco, algunos hablaban de series de televisión, otros de tiras cómicas, otros del trabajo, de cuestiones de salud, de moda, en fin, de tantas banalidades, y, en algún momento de la tarde, nos dedicábamos a leer la poesía que los mismos talleristas habían escrito. Después de cada lectura de un texto se hacía una ronda de crítica, pero hablo de una crítica de verdad, sin piedad, totalmente cruel y honesta, pero siempre con respeto. En el taller, sin que nadie nunca nos lo pidiera, nunca nadie alabó el trabajo de nadie, a menos que el trabajo lo mereciera. No se trataba de aplaudirle a alguien por llevar y leer un poema, por muy malo que fuera, todo lo contrario. La meta era despedazar un texto, si es que el texto lo permitía y considero que eso era una de las claves del éxito. Hacer este tipo de crítica permitía que las personas que la hacían no hablaran sólo por hablar y tuvieran la capacidad de defender técnicamente su crítica, por un lado, y, por otro, que la persona criticada llevara sus textos muy bien trabajados, es decir, corregidos, con la conciencia de que había dado lo mejor de sí antes de sentarse a leer . El facilitador, Rafael Menjívar, también hacía sus comentarios sobre el texto y hacía recomendaciones de lecturas. Algunas veces, durante esta rondas de crítica, surgía el comentario arriba citado: “ustedes son poetas, no son magos”. Pero no voy a contar toda las historia sobre el taller, eso puede ser motivo para otro post, mucho más largo, o para varios posts.

El “se es poeta, no mago” va más allá de la broma, está relacionado con una práctica muy frecuente en las personas que empiezan a escribir poesía y en otras que ya tienen bastantes años de escribir, pero que se acomodaron. Esta práctica se trata de que, al momento de escribir y a falta de recursos creativos para combinar dos objetos o ideas del plano real y llevarlos a un plano imaginario o a falta de recursos retóricos, se tiene la tendencia a escribir cosas como: “y el cielo se convirtió en sangre” o “cuando el canto del pájaro se convierte en tu voz” y “versos” de este tipo, en los que se usa el verbo convertir como un comodín o muletilla, que deriva en un recurso de mal gusto a la hora de leer un verso. En el primer caso, “cielo y sangre” son los dos elementos del plano real y al usar el verbo convertir se está tratando, casi de manera forzada e inadecuada, de llevarlos al plano imaginario; sería más creíble, en este caso, ser directo y decir algo como: ” y el cielo es sangre”. En el segundo caso pasa lo mismo, “el canto del pájaro y tu voz”  son el plano real y a mí me resultaría más creíble y más estético escribir un plano imaginario diferente: “cuando el canto del pájaro transite tu voz”, por ejemplo.

El lector no es bobo y pronto se dará cuenta de que se está tratando de venderle una idea, casi a punta de cuchilla. Con esto no quiero decir que el recurso no sea válido, habrá casos en los que funcione de maravilla, de hecho, muchos lo han utilizado, al fin de cuentas, cada quien tiene derecho a escribir como le dé la gana. Pero mi punto va más orientado a estar en contra del abuso del recurso, por llamarle de alguna forma, así como del abuso de cualquier otro recurso, ya sea retórico o de estilo. Esto también es peligroso, pero reitero, eso es opción de cada quien y yo no creo estar libre de este “pecado”.

Identificar la belleza a la hora de escribir el poema no es nada fácil, requiere de muchas lecturas y de muchas equivocaciones y lo peor del caso es que, día con día, entre más se escribe, se vuelve más difícil, en la medida en que se van agotando los recursos.  García Lorca decía que: “He puesto en equilibrio poesías que cojeaban pero que tenían la cabeza de oro”. Es recomendable evitar el uso consuetudinario de convertir cosas en cosas y pretender, con ello, hacer poesía; al seguir este consejo se tendrá a la mano un buen filtro a la hora de escribir y se podrán encontrar esas cabezas de oro. Tener esto presente hará un poco más difícil el camino creativo, pero al final, quizá, tendremos menos magos y más poetas.

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