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Archive for the ‘Poesía’ Category

Poeta y fotógrafo en Cartagena de Indias, Colombia.

Este es un post de 2012 que se quedó en borrador y nunca fue publicado. Lo publico 4 años y medio después.

El miedo a volar, debido a mi claustrofobia y no en sí a la altura ni a la posibilidad de que se estrelle el avión, lo he tenido desde que tengo recuerdos. Cuando confirmé mi participación al XVI Festival Internacional de Poesía de Cartagena de Indias, Colombia, en mayo de este año (2012), supe que tenía que enfrentarme al hecho de volar. Empecé a hacer preguntas a viajeros frecuentes, a un ex piloto conocido, a navegar en internet hasta que llegué a parar a un blog en el que un piloto retirado, residente en España, se dedica a ayudar a las personas a quitarse ese miedo. Lo contacté y muy amablemente me respondió todas mis inquietudes y con eso disminuyó casi en su totalidad mi temor al vuelo, de tal manera que, llegado el día de salir hacia Cartagena, todo fue bien. De hecho, le sentí tanto gusto a volar que no me aguanto por hacerlo de nuevo.

En pleno vuelo hacia Cartgena de Indias.

En pleno vuelo hacia Cartagena de Indias.

Mi misión en Cartagena era compartir mis textos en el Festival Internacional de Poesía y, por supuesto, aprovechar para hacer otra de mis pasiones: la fotografía. Al llegar a mi destino recordé nuestra Ciudad de San Miguel, por el calor que hace en Cartagena. A manera de broma puedo decir que hay que llevar un presupuesto especial para agua, porque hay que hidratarse continuamente y, además, porque el agua es cara, aproximadamente $1.40 por botella, la misma botella que en San Antonio Los Ranchos, Chalatenango, cuesta $0.40.

Cartagena es una ciudad que tiene a sus pies el mar. Desde al aire se percibe un contraste arquitectónico entre la modernidad y lo colonial y ya en tierra firme, el contraste es evidente. Desde la Ciudad Amurallada (Ciudad Vieja) pueden verse las edificaciones modernas de una Cartagena que no tuve la oportunidad de caminar.

La arquitectura es visible desde la Ciudad Amurallada.

La arquitectura moderna es visible desde la Ciudad Amurallada.

Internarse en la Ciudad Amurallada por primera vez es como ir por un laberinto, hay muchas edificaciones coloniales, muy coloridas, intervenidas con toques de modernidad por los negocios locales. Calles angostas y casas de dos niveles forman largos callejones que invitan a caminar y admirar los detalles de esta ciudad que alguna vez sirvió para esconder el oro proveniente de otras regiones conquistadas, según algunos residentes de Cartagena.

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La belleza natural está a la orden del día y basta volver la vista hacia el poniente para sentir la cercanía de un mar que, seguramente, escucha a diario las preguntas de muchos.

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Es imposible no correr por los callejones, al filo de las 6 de la tarde, para no perderse esos atardeceres tan intensos como los abrazos que propician la noche.

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Como en cualquier parte del mundo, siempre hay dos caras. La periferia de Cartagena parece como cualquier barrio el centro de San Salvador, con todas sus estampas.

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Lo que me trajo a esta ciudad fue “la palabra”. Sobre mi participación en el XVI Festival Internacional de Poesía de Cartagena de Indias, puedo decir que fue un Festival bastante íntimo y muy rico en poesía y en poetas. La hospitalidad de los Cartageneros es de primera, siempre hubo alguien dispuesto a ayudar, a orientar y a contar las historias de su ciudad.

UPDATE MAYO 2017: El miedo a volar se convirtió en pasión por volar.

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¿Psicosis salvadoreña?

Hace una semana, a esta hora, aún estaba en el aeropuerto “Jorge Chávez”, de Lima, Perú, esperando abordar mi vuelo hacia El Salvador ( Por cierto, en este aeropuerto es imperdible probar las rodajas de pastel de zanahoria, son una delicia). Durante toda la semana había estado en Argentina, 5 días en Termas de Río Hondo, Santiago del Estero, participando como poeta invitado, en un Festival Internacional de Poesía, y otros 3 días en Buenos Aires, aprovechando el viaje.

El caso de lo que he dado en llamar “la psicosis salvadoreña” me pasó en Buenos Aires. Había decidido ir a una función al mismísimo “Teatro Colón“, a las 8 de la noche, estaba hospedado a unas 7 cuadras, y pude caminar tranquilamente hacia el teatro a eso de las 7:30 PM. Por supuesto, antes de entrar, hice las fotos de rigor, tipo turista.

Fachada del Teatro Colón.

Fachada del Teatro Colón.

Ya adentro del teatro, justo antes de entrar a las butacas, una de las acomodadoras me pidió que dejara mi mochila en los casilleros, dijo que me iban a dar un número para reclamar la mochila a la salida, y entré en pánico. En la mochila andaba todo mi equipo fotográfico, y no estaba dispuesto a dejarla en un casillero. Es aquí donde entra en juego la “psicosis salvadoreña”: en El Salvador sería totalmente improbable dejar en un casillero de un almacén, el súper, o donde fuera, mi mochila cargada con equipo fotográfico, por las razones que todos los salvadoreños conocemos. ¿Qué hice?

Cielo del Teatro Colón.

Cielo del Teatro Colón.

Hice el intento de convencer a la acomodadora, pero insistió que no era posible. Me decía que, por ejemplo, habían llegado grandes músicos que habían dejado sus caros y amados violines en el casillero, y que si entendía yo qué significaba para un músico dejar su instrumento (¡por supuesto que lo entiendo!) Luego pasé a explicar mi situación: soy un salvadoreño que no pudo dejar su psicosis por la delincuencia en El Salvador, y que al dejar la mochila en el casillero, aunque yo sabía que iba a estar segura, no iba a disfrutar tranquilamente del espectáculo por estar pensando en la mochila, pero me insistió en que no era posible, por lo que le dije que, en ese caso, prefería abandonar el teatro. En ese momento apareció una señora que parecía ser la jefa de las acomodadoras, me explicó lo mismo, y le expliqué lo mismo.

Detalle de escultura al interior del Teatro.

Detalle de escultura al interior del Teatro.

Para mi suerte, creo que el hecho de estar dispuesto a abandonar el teatro hizo que la jefa se compadeciera de mí, y me dijo que iba a hacer una excepción, y me dejó quedarme con la mochila, pero, me advirtió que no podía hacer fotos del espectáculo, sólo podía hacer fotos del teatro, mientras la función no iniciara, y yo fui muy obediente, y se lo agradecí infinitamente.

Vista desde el último nivel, y última fila, del interior del Teatro Colón.

Vista desde el último nivel, y última fila, del interior del Teatro Colón.

Es triste, pero, es nuestra realidad, y es difícil no cargar con ella adonde quiera que vayamos.

¡Buena luz!

¿Protagonista o espectador?

Hace algunos años hubo una campaña en un periódico que decía algo así como “¿Y tú, eres protagonista o espectador?”, parecía un reto. Al leerlo de golpe daba pie a pensar que “YO debo ser un protagonista, no un espectador”, como si se tratara de que ser protagonista es ser un ganador y ser un espectador es ser un perdedor. Claro, a nadie le gusta perder (excepto a algunos deportistas o algunas “misses” que no ganan competencias y salen en la televisión diciendo que lo importante era competir…”por favooooorrrr!!!”, como diría un respetado médico forense).

Posiblemente la idea de la campaña era que asociáramos que permanecer como espectadores cuando nos pasan cosas malas no es lo más adecuado, sino que es mejor actuar para salir adelante, quizá la intención haya sido buena, no me consta. Y es que suena bonito decir de uno mismo: “yo soy protagonista, no un simple espectador”, hasta en un tono ligeramente altanero, lleno de ego, quizá muchos alguna vez lo hemos dicho a quemarropa, sin pensarlo, pero, ¿es esto correcto? Veamos.

Yo, por ejemplo, puedo decir con certeza que fue a los 7 años de edad cuando decidí que quería estar arriba de un escenario tocando música en lugar de estar enfrente, escuchando o bailando. Fue en la época en la que aún estaba funcionando el famoso Teleférico de San Jacinto (el reino del pájaro y la nube) cuando con mi señor padre nos acercamos a escuchar a un grupo de cumbias que tocaba aquella canción que dice “Macorina pom pom, Macorina ponme la mano aquí”, y, como el lugar estaba lleno, mi padre me llevó a un costado de los músicos y yo quedé a la par del tecladista; perfectamente podía asociar el movimiento de sus manos con la música que él ejecutaba y ahí quedé prendido. Tuve mi primer teclado a los 11 años y mi primera guitarra (de las de verdad, porque tenía unos pocos meses de edad cuando ya tenía una de juguete) a los 12 años. El resto es historia.

Su servidor con apenas unos meses de edad y con su primera guitarra.

Su servidor con apenas unos meses de edad y con su primera guitarra.

Puedo decir que he sido un protagonista cuando he estado frente a un público al formar parte de mi ex banda “La Pita” (R.I.P), o cuando estoy frente a un grupo de niños y voy a leerles mis poemas. Pero en otras muchas situaciones soy ese, mal dicho, “simple espectador” y no por eso es malo. Creo que cada quien es protagonista y espectador a la vez, son situaciones complementarias, ser protagonista no tiene sentido si no hay un espectador, si no existe esa persona que valida o invalida al protagonista, desde un punto de vista muy particular, y es, precisamente, ese poder en el que radica la importancia de ser espectador. A menudo se asocia a un protagonista con alguien que se dedica a alguna actividad artística o es parte del jet set, pero no es así.

Por ejemplo, en el caso de una mujer que ha tenido un parto distócico, su compañero de vida pudo ser un simple espectador durante el parto, a pesar de ser el Director de una prestigiosa Orquesta Sinfónica, mientras que el médico que atendió y resolvió positivamente el parto fue el protagonista en el procedimiento. Como este pueden haber muchos ejemplos.

Todo esto me viene a la mente porque casi siempre estamos pensando en primera persona, creo que deberíamos darnos un buen baño de agua fría al menos semanalmente. Por ejemplo, en la rama de la fotografía, una buena manera de mantener los pies en la tierra y dejar de pensar que nuestras fotos son las mejores del mundo es darse una vuelta por el sitio 500PX;  ahora, si quieren darse un baño de agua fría pero con cubitos de hielo, entonces hay que darle un vistazo al sitio 1x.com

Entonces, ¿qué es mejor, ser protagonista o ser espectador? Pues ni lo uno ni lo otro. Lo mejor es que cada quien se dedique a hacer de la mejor manera posible lo que sabe hacer o lo que le gusta hacer, porque todos somos protagonistas en lo que hacemos y todos somos espectadores de lo que no hacemos.

Dos formas antagónicas de abordar un personaje en una historia.

Recientemente asistí a un taller de fotoperiodismo impartido por el ganador del premio Pullitzer 2013, Rodrigo Abd, en el marco de “El Foro Centroamericano de Periodismo”, impulsado por “El Faro”.

Rodrigo Abd, ganador del premio Pullitzer 2013, durante el taller que impartió en El Foro Centroamericano de Periodismo.

Rodrigo Abd, ganador del premio Pullitzer 2013, durante el taller que impartió en El Foro Centroamericano de Periodismo.

Durante la última jornada del taller, uno de los participantes, Rodrigo Dada, presentó una historia en la que expresa su paranoia y la falta de libertad que ha experimentado al desplazarse por las calles de El Salvador, después de residir durante 5 años en Europa. En sus fotografías, Rodrigo muestra imágenes de diversas partes del mundo, las cuales ha recorrido a través de Google Street, la peculiaridad de las imágenes que él ha fotografiado en su computadora es que  presentan errores en el ensamblado realizado para lograr el efecto de navegación esférica a 360 º. Dentro de su historia, Rodrigo no incluyó imágenes de El Salvador, lo cual generó una polémica en el taller, principalmente por parte de algunos fotoperiodistas presentes que insistían en la necesidad de incluir fotos de El Salvador para que la historia estuviera debidamente contada.

El cuestionamiento sobre el trabajo de Rodrigo Dada era sobre por qué no incluir imágenes de El Salvador, si su paranoia y sensación de encierro es, precisamente, en El Salvador. Rodrigó manifestó que su propuesta no contemplaba incluir imágenes de El Salvador, y, desde mi punto de vista es una forma válida de abordar el tema.

Para contar una historia hay dos formas antagónicas de hacerlo: incluir explícitamente al personaje de la historia o mantenrlo oculto. El éxito, en cualquiera de los 2 casos, estará en si se hace adecuadamente el trabajo narrativo. En el caso de Rodrigo Dada, su personaje es esa paranoia y sensación de encierro que él experimenta por la situación delincuencial y violenta de nuestro país, y su decisión fue la de ocultar el personaje, es decir, mantenerlo “a la vista” de manera implícita.

Yo planteaba, en la discusión del taller, que, por ejemplo, cuando el poeta desea escribir un poema sobre la Luna, se plantea la siguiente pregunta: ¿incluyo la palabra Luna en el poema o la excluyo? En cualquiera de los dos casos se corre el riesgo de no contar bien la historia, en la primera, por exceso de información, y, en la segunda, por falta de información. Inmediatamente se me vinieron a la mente dos grandes poemas acerca de la Luna, abordados de esta manera antagónica. El primero, el “Romance de la Luna, Luna”, de Federico García Lorca, y, el segundo, un fragmento del “Canto de Guerra de las Cosas”, de Joaquín Pasos.

En el “Romance de la Luna, Luna”, el poeta menciona a la Luna deliberadamente, y la belleza del poema radica en el ritmo y dulzura del canto que acompaña a las imágenes del poema :

Fragmento:

 La luna vino a la fragua 
con su polisón de nardos. 
El niño la mira mira. 
El niño la está mirando. 

En el aire conmovido 
mueve la luna sus brazos 
y enseña, lúbrica y pura, 
sus senos de duro estaño. 

Huye luna, luna, luna. 
Si vinieran los gitanos, 
harían con tu corazón 
collares y anillos blancos. 

Por otro lado, en el “Canto de Guerra de las Cosas”, el poeta no menciona a la Luna, sin embargo al detenerse en la lectura se llega a la conclusión de que nos está hablando de la Luna , sin mencionarla, y en este caso la riqueza es precisamente esa, la manera en que el poeta nos esconde la Luna para que el lector la descubra.

Fragmento:

No había que buscarla en las cartas del naipe ni en los juegos 
de la cábala. 
En todas las cartas estaba, hasta en las de amor y en las 
de navegar. 
Todas los signos llevaban su signo. 
Izaba su bandera sin color, fantasmas de bandera para ser 
pintada con colores de sangre de fantasma, 
bandera que cuando flotaba al viento parecía que flotaba el 
viento. 
Iba y venía, iba en el venir, venía en el yendo, como que si 
fuera viniendo. 
Subía, y luego bajaba hasta en medio de la multitud y 
besaba a cada hombre. 
Acariciaba cada cosa con sus dedos suaves de sobadora 
de marfil. 
Cuando pasaba un tranvía, ella pasaba en el tranvía; 
cuando pasaba una locomotora, ella iba sentada en la trompa. 
Pasaba ante el vidrio de todas las vitrinas, 
Sobre el río de todos los puentes, 
por el cielo de todas las ventanas. 
Era la misma vida que flota ciega en las calles como una 
niebla borracha. 
Estaba de pie junto a todas las paredes como un ejército de 
mendigos, 
era un diluvio en el aire. 
Era tenaz, y también dulce, como el tiempo.

Debo decir que supe de la Luna contenida en estos versos de Joaquín Pasos a través de mi amigo músico y poeta Santiago Vásquez, quien comentó en una ocasión “es obvio que en el poema de Joaquín Pasos se habla de la Luna”. Gran lección aprendida.

En fin, todo esto nos lleva a algo que quizá ya sabíamos: en cuestión de expresiones artísticas todo depende de la apreciación, no hay reglas, no hay fórmulas. Siempre y cuando se logre narrar adecuadamente, ¿qué más da si presentamos abiertamente o no al personaje de nuestra historia?

Les comparto una de mis fotos de la Luna.

La Luna ilumina, desde el poniente, al Monumento a la Constitución, en San Salvador.

La Luna ilumina, desde el poniente, al Monumento a la Constitución, en San Salvador.

Presentación de mi libro de poemas “La grieta”.

Quedan cordialmente invitados para que me acompañen a la presentación de mi libro  “La Grieta”. El próximo martes, 29 de enero, a las 6 PM en el MUNA. 🙂

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¿Qué es la poesía?

Con esta pregunta siempre se me han trabado las carretas.

Son tantos los maestros que han explicado qué es la poesía, que cada vez que me preguntan eso pienso que lo hacen con la intención de ponerme en aprietos, por no decir en ridículo (exagero un poco). He intentado dar alguna definición, pero, al intentar hacerlo, no puedo evitar recordar el famoso verso de Becquer: “poesía eres tú”; o el verso de Roque: “En su mirada había poesía” y ya no digamos la versión de la Real Academia de la Lengua Española: “Manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa.”. ¡Estoy perdido!

Con los ejemplos anteriores me ha bastado para desistir, desde hace tiempo, en el intento de definir la poesía, pareciera que ya está todo dicho, por lo tanto, de mi parte, sería más aceptable explicar cuáles son mis influencias literarias, cuando me hacen esa pregunta.

Hace algunos años leí un texto de una conferencia que fue dada en Harvard por el maestro Borges, año 1967-1968, en la que él resumía mi problema con la definición de poesía, pero tuve que leerlo para darme cuenta. No voy a ponerme a explicar lo que ya Borges dijo, él lo deja perfectamente claro, así que les transcribiré algunas citas claves de su conferencia, en las que, a mi manera de ver, se resume el “arte” de definir qué es poesía. Esta conferencia, junto a cinco más, se encuentran recopiladas en el libro titulado “Arte poética. (Seis conferencias)”.

Libro “Arte poética. Seis conferencias”, de J. L. Borges, utilizado como modelo para una de mis fotografías.

Citas de la Conferencia “El Enigma de la poesía”:

“Para terminar, me gustaría decir que cometemos un error muy común cuando creemos ignorar algo porque somos incapaces de definirlo.”

“Por ejemplo, si tengo que definir la poesía y no las tengo todas conmigo, si no me siento demasiado seguro, digo algo como: «poesía es la expresión de la belleza por medio de palabras artísticamente entretejidas». Esta definición podría valer para un diccionario o para un libro de texto, pero a nosotros nos parece poco convincente. Hay algo mucho más importante: algo que nos animaría no sólo a seguir ensayando la poesía, sino a disfrutarla y a sentir que lo sabemos todo sobre ella. “

“Esto significa que sabemos qué es la poesía. Lo sabemos tan bien que no podemos definirla con otras palabras, como somos incapaces de definir el sabor del café, el color rojo o amarillo o el significado de la ira, el amor, el odio, el amanecer, el atardecer o el amor por nuestro país. Estas cosas están tan arraigadas en nosotros que sólo pueden ser expresadas por esos símbolos comunes que compartimos. ¿Y por qué habríamos de necesitar más palabras? “

“Para terminar, tengo una cita de San Agustín que creo que encaja a la perfección. San Agustín dijo: «¿Qué es el tiempo. Si no me preguntan qué es, lo sé. Si me preguntan qué es, no lo sé». Pienso lo mismo de la poesía. “

Creo que no queda más qué decir, pero , si alguno de ustedes desea leer completa esta conferencia, puede acceder a este enlace.

¡Ya no hay respeto! (¿Alguna vez lo hubo?)

Me considero paciente, pero hay ocasiones que no hay por dónde escaparme.

Anoche asistí como poeta invitado a un recital de poesía. Además de la lectura de poesía, habría pantomima y una banda de jazz. El evento se retrasó y comenzamos a leer a eso de las 8:30 PM. El público estaba enfrente de la mesa de lectura donde yo estaba ubicado junto a 5 compañeras poetas y un artista de la pantomima. A un costado de nosotros estaban sentados los músicos que iban a tocar jazz y estaban en un tertulia muy amena cuando comenzó la lectura. Por un momento pensé que iban a comprender que era necesario “bajarle el volumen” a la plática durante la lectura, pero, para mi sorpresa, no fue así, siguieron como si nada, con carcajadas incluidas, mientras dos compañeras leían sus textos. Yo ni siquiera escuchaba bien a las compañeras, entonces, cuando llegó mi turno, decidí pedirles el favor que le bajaran porque distraía. Uno de ellos dijo “amén”, cuando terminé agradeciéndoles, pero no había leído ni diez versos cuando la tertulia volvió de la misma manera, hice un silencio, la bulla siguió, y terminé desconcentrándome de la lectura y tomé la decisión de no seguir leyendo. Me disculpé con el público y los compañeros de la mesa y cedí el micrófono a la siguiente persona.

Este tipo de cosas se da seguido, ya he contado y he puesto fotos de cómo la gente se la pasa “chateando” en el celular durante las obras de teatro y en otros recitales a los que he asistido. Ya he experimentado antes cierta falta de atención de alguien del público, pero, el público es el público, y, a la larga, hasta pueden tener un poco de razón si acaso no les gusta lo que están viendo o escuchando, aunque no es justificable la falta de respeto.

Un asistente revisaba cada 3 minutos su celular, durante una presentación de teatro en el Teatro Luis Poma.

En el caso de anoche, creo que lo que me hizo desistir de mi lectura fue el hecho de que eran precisamente los músicos que iban a tocar los que faltaron el respeto a la mesa de lectura. Es decir, todos (poetas, mimo y músicos) estábamos ahí para compartir escenario, pero al parecer eso no fue suficiente para guardar el mínimo de respeto al trabajo del otro.

Entonces, me pregunto nuevamente: ¿cómo va el artista a esperar que el público le respete su obra, si el mismo artista no es capaz de respetar el trabajo de otro? (está claro que no me refiero a todos). Creo que dejar pasar este tipo de cosas lo que hace es fomentar ese irrespeto y, hasta cierto punto, quizá faltarle el respeto uno mismo a su obra.

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