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Archive for the ‘Música’ Category

Crónica de un reencuentro no anunciado.

*El día en que se iban a reencontrar, los integrantes de La Pita Vieja se levantaron a la misma hora de siempre.*

Fui fundador, y guitarrista, del grupo La Pita Vieja, allá por el año 1998, junto a Carlos Melgar (baterista), Eduardo Vega (bajista) y Efra López (vocalista); posteriormente se integraba en los teclados Jorge Sandoval. Más tarde, allá por el año 2007, Efra salía de la banda y se integraba Marcelo Avilés, como vocalista. Años después, en agosto del año 2010, dábamos nuestro último concierto, La Pita llegaba a su fin y paralelamente nacía otro grupo: 3AM, con los otros 3 fundadores de La Pita. Yo prometía en un comunicado que la desintegración de La Pita era definitiva. Y así lo fue, y nunca se consideró una posible reunión de la banda.

La cuarentena domiciliar, por COVID, en el año 2020, propició que todos los exintegrantes de La Pita hiciéramos una reunión, vía zoom, para recordar viejos tiempos, ver fotos, en fin, quizá como una forma de combatir el encierro en el que nos encontrábamos en esos días.

Reunión de exintegrantes de La Pita, vía zoom, en mayo de 2020.

Nos mantuvimos en comunicación en un grupo de whatsapp, y a mediados de mayo, ya en 2021, Efra propuso grabar un nuevo disco y todos los demás estuvimos de acuerdo. Hasta ese momento nadie había mencionado una posibilidad real de volver a tocar juntos en un escenario. El 27 de mayo, los integrantes que una vez fueron parte del grupo 3AM, y que han permanecido activos en la escena musical durante todos estos años casi 11 años posteriores a la desintegración de La Pita, anunciaron que darían un concierto para el día sábado 29 de mayo. Mediante interacciones en la publicación de Facebook, casi de broma en broma, acordamos que yo llegaría al concierto y que tocaríamos juntos una de nuestras canciones originales: la promesa. Marcelo también anunció su llegada, muy lamentablemente, Jorge no pudo llegar. El improvisado plan era sencillo: tocar una sola canción, porque yo tenía más de 10 años de no pisar un escenario y, lógicamente, no tenía listo un repertorio para tocar en vivo. Sin más planificación, y sin ensayar esa canción, acordamos reunirnos en «El parcito», donde sería el concierto.

Ya en el lugar, el día del concierto, después de las fotos de rigor con mis hermanos de la banda y con amigos, el plato estaba servido: el escenario listo, un buen sonido a cargo de Edwin Cruz, quien fue el ingeniero de sonido del disco «Con la tierra en los pies», que grabamos con La Pita en 2001, y lo más importante: las ganas de volver a tocar juntos, después de tantos años.

Dispusimos que nuestra intervención con «la promesa» sería al inicio del segundo set del concierto. Ya estando en el escenario, Efra me pidió, fuera de lo recientemente acordado, que tocáramos otra canción, un cover de Radiohead; Eduardo gentilmente me recordó los acordes y nos lanzamos al agua, sin más. Es increíble cómo opera esta maquina que llamamos cerebro, después de apenas unos segundos de estar tocando esta canción, mis manos recorrían el mástil de la guitarra como si esos más de 10 años nunca hubieran pasado. Seguimos con 3 covers más (Mi primer día sin ti, de Enanitos Verdes; La célula que explota, de Caifanes y Cocaine, de Eric Clapton) y luego le daríamos paso a la canción original que habíamos acordado tocar. Después de tocar «la promesa», pensé que era el momento de cerrar mi intervención, pero Eduardo y Carlos pidieron que tocáramos otra canción original, que por supuesto también teníamos más de 10 años de no tocar: «Mi cabeza otra vez«. De nueva cuenta, tuve que recordar los acordes, la intro y de nuevo al agua. Fue una media hora intensa, muchos recuerdos se me venían a la cabeza mientras tocaba, sentía que en el escenario éramos los mismos de hace 10 años: yo, a la derecha, Efra y Marcelo al centro, y Carlos y Eduardo un poco atrás, manteniendo siempre buena comunicación entre ellos. El complemento perfecto de lo que pasó en el escenario fue un público muy receptivo, y, para sorpresa nuestra, una parte de ese público eran personas que acostumbraban a llegar a nuestros conciertos de antaño. En fin, se juntaron muchas cosas para que la magia ocurriera, para que pudiéramos viajar en el tiempo sin necesidad de una máquina.

No sentí más nervios de los que normalmente se sienten al iniciar un concierto, toqué con esta banda durante muchos años y eso me generaba una gran confianza. Los momentos más especiales de la vida se atesoran y este ha sido uno de ellos. Este reencuentro improvisado creo que ha dejado una semilla sembrada, aún es temprano para asegurar cualquier cosa. Por el momento, lo único concreto es que tenemos los deseos y el compromiso de componer nuevas canciones. Todo lo que venga de aquí en adelante será, sin duda, un triunfo de la música, un triunfo de la vida, ante la actual amenaza latente que ha hecho que muchos pierdan su batalla contra la muerte, como la perdió Santiago Nassar frente a sus agresores.

La foto del recuerdo, después del concierto. Foto por Julio Hernández
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¿Indignados por «Rompan todo»? En fin, la hipocresía.

Recientemente he leído muchas críticas locales al documental de Netflix «Rompan todo: la historia del rock en América Latina». No voy a entrar en el análisis del documental porque no soy especialista, sí puedo decir que es cierto que no se incluyó la escena centroamericana, lo cual no debería causar sorpresa porque la música de esta área geográfica siempre estuvo en el olvido, salvo contadísimas excepciones, si acaso. Como salvadoreño y como ex miembro de la banda de rock «La pita vieja» (no tan conocida), que estuvo activa desde 1998 hasta 2010, puedo decir que, al menos, algo conozco de nuestro medio.

Lo que me ha llamado la atención es que una parte de los comentarios que he visto vienen de algunas personas que en su momento histórico tuvieron en sus manos poder autorizar o rechazar la programación de canciones nacionales de rock en las radios. De todos es conocido que la música nacional, en general y en esas épocas, recibió poco apoyo para su difusión en las radios. A la fecha, aún hay deuda en este rubro. Estoy claro de que las bandas salvadoreñas más importantes sonaron bastante y de manera orgánica, otras, tuvieron que poner a todos sus familiares y conocidos a llamar por teléfono a las radios para que las canciones se quedaran en programación. Eventualmente, los apoyos llegaron en formato de programas especiales para rock nacional, pero entrar a la programación normal era una verdadera hazaña.

¿Cuál es mi punto? Bueno, ahora se critica la exclusión de centroamérica en ese documental, pero, en su momento, las barreras para las bandas salvadoreñas eran locales. Quiero contar una anécdota que viví en carne propia, cuando era integrante de La Pita Vieja, y recién habíamos grabado el que fue nuestro único disco («Con la tierra en los pies»), allá por el 2001 y 2002, en el estudio de Roberto Salamanca.

Con dificultades logramos concertar una cita con el director de una radio especializada en rock, para entregar nuestro disco y que lo consideraran para ponerlo en programación. Me acompañó a esa reunión el baterista de la banda. Nos hicieron pasar a una sala de reuniones, había una mesa larga y unas sillas bastante cómodas, como para unas 10 personas. Después de una espera, el director se sentó frente a nosotros y le explicamos nuestros motivos. Todo parecía tan ceremonioso, yo me sentía como si fuéramos a ser juzgados. Después de escucharnos, entre otras cosas de menor importancia, el director nos dijo que siendo honesto a él le gustaría tener a «Aerosmith», sentados en esa sala, en lugar de nosotros, pero que «ni modo»; nos lanzó el discurso de que la calidad de las grabaciones locales iban de malas a malísimas y que no cumplían los estándares de las radios y que ese era uno de los motivos por los cuales ellos no podían programar a todas las bandas, pero también nos dijo que «uno tiene su corazoncito» y que a veces terminan programando las canciones. Después del sermón, nos despedimos, y yo sabía que con esas palabras nos habían bateado y no teníamos posibilidades de sonar. Jamás voy a olvidar que nos hicieran sentir que preferían tener a Aerosmith pero que, ni modo, La Pita Vieja es lo que había, no era necesario minimizarnos de esa manera. Unas semanas después de la reunión, saliendo de mi trabajo, al poner la radio comenzó a sonar una de nuestras canciones («Promesa«) y fui «feliz», todo a costa de una ahuevada comparándonos con «Aerosmith» y del corazoncito del director de la radio. 😀

En otra ocasión, siempre intentando promocionar nuestro disco «Con la tierra en los pies», fui a otra radio, en la Colonia Roma. Ahí nos atendió de manera muy amable el director. Nos hizo una crítica a la canción que estábamos lanzando («Mi cabeza otra vez«) y nos dijo que a su juicio le hacía falta punch al bombo. Regresamos al estudio a remezclar la canción y se la volvimos a llevar. Después resultó que esa rola no iba con el formato de la radio, pero que pondrían en programación otro tema («Tus alas«), por una semana. Si no hubiéramos remezclado la primera canción, no nos hubiéramos dado cuenta de que la canción no cabía en el formato de la radio y hubiéramos pensado que nos la habían rechazado por una mala mezcla. ¡Vaya usted a saber! Creo que está por demás decir que fuimos a casi todas las radios, con menos suerte.

Entonces, para mí, es claro que «Rompan todo» nos excluyó por el criterio de alguien que es de afuera del área centroamericana, pero también es claro que las exclusiones que en El Salvador se vivieron en esos años eran demasiado locales, municipales, diría Rafael Menjívar Ochoa.

Como dice el meme: en fin, la hipocresía.

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¿Protagonista o espectador?

Hace algunos años hubo una campaña en un periódico que decía algo así como «¿Y tú, eres protagonista o espectador?», parecía un reto. Al leerlo de golpe daba pie a pensar que «YO debo ser un protagonista, no un espectador», como si se tratara de que ser protagonista es ser un ganador y ser un espectador es ser un perdedor. Claro, a nadie le gusta perder (excepto a algunos deportistas o algunas «misses» que no ganan competencias y salen en la televisión diciendo que lo importante era competir…»por favooooorrrr!!!», como diría un respetado médico forense).

Posiblemente la idea de la campaña era que asociáramos que permanecer como espectadores cuando nos pasan cosas malas no es lo más adecuado, sino que es mejor actuar para salir adelante, quizá la intención haya sido buena, no me consta. Y es que suena bonito decir de uno mismo: «yo soy protagonista, no un simple espectador», hasta en un tono ligeramente altanero, lleno de ego, quizá muchos alguna vez lo hemos dicho a quemarropa, sin pensarlo, pero, ¿es esto correcto? Veamos.

Yo, por ejemplo, puedo decir con certeza que fue a los 7 años de edad cuando decidí que quería estar arriba de un escenario tocando música en lugar de estar enfrente, escuchando o bailando. Fue en la época en la que aún estaba funcionando el famoso Teleférico de San Jacinto (el reino del pájaro y la nube) cuando con mi señor padre nos acercamos a escuchar a un grupo de cumbias que tocaba aquella canción que dice «Macorina pom pom, Macorina ponme la mano aquí», y, como el lugar estaba lleno, mi padre me llevó a un costado de los músicos y yo quedé a la par del tecladista; perfectamente podía asociar el movimiento de sus manos con la música que él ejecutaba y ahí quedé prendido. Tuve mi primer teclado a los 11 años y mi primera guitarra (de las de verdad, porque tenía unos pocos meses de edad cuando ya tenía una de juguete) a los 12 años. El resto es historia.

Su servidor con apenas unos meses de edad y con su primera guitarra.

Su servidor con apenas unos meses de edad y con su primera guitarra.

Puedo decir que he sido un protagonista cuando he estado frente a un público al formar parte de mi ex banda «La Pita» (R.I.P), o cuando estoy frente a un grupo de niños y voy a leerles mis poemas. Pero en otras muchas situaciones soy ese, mal dicho, «simple espectador» y no por eso es malo. Creo que cada quien es protagonista y espectador a la vez, son situaciones complementarias, ser protagonista no tiene sentido si no hay un espectador, si no existe esa persona que valida o invalida al protagonista, desde un punto de vista muy particular, y es, precisamente, ese poder en el que radica la importancia de ser espectador. A menudo se asocia a un protagonista con alguien que se dedica a alguna actividad artística o es parte del jet set, pero no es así.

Por ejemplo, en el caso de una mujer que ha tenido un parto distócico, su compañero de vida pudo ser un simple espectador durante el parto, a pesar de ser el Director de una prestigiosa Orquesta Sinfónica, mientras que el médico que atendió y resolvió positivamente el parto fue el protagonista en el procedimiento. Como este pueden haber muchos ejemplos.

Todo esto me viene a la mente porque casi siempre estamos pensando en primera persona, creo que deberíamos darnos un buen baño de agua fría al menos semanalmente. Por ejemplo, en la rama de la fotografía, una buena manera de mantener los pies en la tierra y dejar de pensar que nuestras fotos son las mejores del mundo es darse una vuelta por el sitio 500PX;  ahora, si quieren darse un baño de agua fría pero con cubitos de hielo, entonces hay que darle un vistazo al sitio 1x.com

Entonces, ¿qué es mejor, ser protagonista o ser espectador? Pues ni lo uno ni lo otro. Lo mejor es que cada quien se dedique a hacer de la mejor manera posible lo que sabe hacer o lo que le gusta hacer, porque todos somos protagonistas en lo que hacemos y todos somos espectadores de lo que no hacemos.

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